martes, 24 de diciembre de 2013

Mantente fuerte | capítulo siete


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"Charlie and Justin are my angels, I know it"


Cuatro meses después

El tiempo para muchos pasaba volando, en cambio, para Carter pasaba muy lento.

Era víspera de Navidad y una gran manta blanca cubría todo el pequeño pueblo de Stratford, los centros comerciales estaba repletos de gente buscando regalos para sus seres queridos, pero Carter era la excepción, ella se encontraba dibujando con una taza de chocolate caliente frente a la venta en la cual caían pequeños copos de nieve. La castaña soltó un alarido suspiro y colocó su cuaderno de dibujo a un lado de ella, entonces se puso a pensar en las distintas cosas que le habían pasado éste año: la muerte de su única mejor amiga, el bullying que fue creciendo cada vez más, lo mal que la ha pasado con los golpes que Jasmine le daba y Justin, éste último apartó a todos los demás pensamientos que tenía. Ese chico siempre la salvaba, ya sea de qué muriera sola en el corredor de su colegio, de que fuera golpeada o de que se cortara.

Ellos dos no hablan mucho y por cosa del destino siempre hablan cuando Carter está en problemas. Jane se dirigió por una chamarra, unos guantes y un gorro para luego ir directo al portón principal y salir a pasear un rato. Su madre como siempre no se encontraba en casa, había viajado a Nueva York con amigos de su empresa para pasar la Navidad ahí. Y Carter se había quedado sola.

–Sola–susurró Carter–, sola como siempre. Ya me acostumbré a estar sola. 

Una pequeña lágrima corrió por su mejilla y ella rápidamente la secó con el dorso de su mano y volvió a pensar en las palabras que cuatro meses atrás Jasmine le había dicho. Ve a la calle, al ver un coche, da un paso al frente y todos pensarán que fue un accidente. La castaña suspiró y volteó a ver la carretera que tenía a unos metros de distancia, luego volteó a ver un pequeño parque que estaba en frente de ella y sonrió melancólica al ver a los niños riendo lanzándose bolas de nieve, otros haciendo ángeles de nieve y unos cuántos en los juegos. Chicos de su edad en los columpios, otros más de su edad haciendo guerras de nieve, todos felices, todos menos ella.

Ella jamás podrá reírse y disfrutar de la vida cómo aquellos pequeños niños y aquellos chicos.

–No me lo merezco. –Dijo negando con la cabeza. –No merezco vivir, no merezco ser feliz.

Dicho esto, se puso en pie y se dirigió a un paso lento a la carretera que tenía a unos metros de distancia, que iban reduciendo, reduciendo, hasta que Carter se encontraba a un centímetro de ésta. Suspiró y dio un paso a la carretera esperando a que un carro pasara y que todos pensaran que fue un accidente, escuchó una bocina de un coche que se aproximaba a ella, apretó los puños con fuerza y cerró los ojos para esperar a que el dolor se acabara. ­

– ¡Carter, no te rindas, tú puedes ser feliz! ­–gritó una dulce voz al otro lado de la carretera.

La castaña desconcertada buscó a esa persona que le había gritado. Nadie. Entonces, volvió a posar su vista en ese coche que se encontraba a unos metros de ella, que se iban reduciendo a centímetros hasta que una luz brillante cegó a Carter y al conductor del coche, haciendo que éste se desviara del carril y fuera a dar al otro lado de la carretera sin haberle pasado nada.

–Carter. No te voy a salvar el culo cada que quieras matarte ¿oíste? Tú eres fuerte, tú mereces ser feliz, en ti deje todos mis sueños. No arruines tu vida cómo yo arruiné la mía.

Jane, con una expresión confundida dirigió su mirada a la carretera y comenzó a temblar lo iba a hacer, iba a hacer caso a Jasmine. La chica de ojos azules se dirigió a la banca dónde estaba antes de que estuviera a punto de complacer a la pelinegra y se soltó a llorar.

– ¿Por qué llora, señorita? –cuestionó una niña rubia con pecas en sus mejillas. –. Es víspera de Navidad, debería estar feliz.
–Yo no merezco ser feliz, nena –respondió Carter con una voz entrecortada.
– Todos merecemos ser felices, señorita. –dijo la pequeña sentándose al lado de Carter. – ¿Sabe, señorita? Mi mamá me ha dicho que las personas que se lastiman a sí mismas son ángeles que ya no quieren vivir en la Tierra por qué el mundo las destruye y desean volver al cielo.

Carter frunció el ceño y se limpió las lágrimas que aún corrían por su cara y ahí entiendo por qué la pequeña había dicho eso. Sus cicatrices estaban a la vista.

–Yo no creo ser un ángel, cariño. –la niña asintió entusiasmada.
–Por supuesto que sí, sólo los ángeles pueden vivir esa clase de cosas que está viviendo usted, señorita. Sólo ellos pueden resistir ese sufrimiento, lo pueden resistir por qué son celestiales y Dios los está cuidando, aunque ellos no lo sepan.

La niña buscó algo en la bolsa que llevaba y se lo extendió a Carter.

–Cuándo esté triste, sólo agítela y podrá ver algo que la hará feliz.

Carter vio aquella esfera de nieve y sonrió aceptándola para luego guardarla en otra bolsa que ella había llevado consigo.

– ¡Charlotte, tenemos que irnos a terminar la cena de Navidad! –gritó una mujer muy parecida a la pequeña que Carter tenía a su lado.
– ¡Ya voy, mami! –respondió la niña y se dirigió a Carter. –No lo olvidé, señorita, agite la esfera de nieve cuándo este mal.

Y se fue. Charlotte. La niña se llamaba Charlotte. Carter se puso en pie precipitada y corrió a buscar a la pequeña pero no había nadie. Fue como un fantasma, en un minuto la veía y al otro ya no estaba, se evaporó.

La castaña sonrió y miró al cielo, luego suspiró y se puso en marcha a un lugar dónde tenía que ir hace meses. Carter iba con la cabeza gacha pensando en lo que estaba a punto de hacer y en esa pequeña niña llamada Charlotte.

Suspiró cuándo vio aquellas rejas que mantenían encerrada a su mejor amiga, el cementerio. Entró y comenzó a buscar la lápida de su mejor amiga hasta que dio con ella “Charlotte Raymond. 1995-2013. Ella fue una guerrera, qué no pudo ganar la batalla contra sí misma” Esa frase era la que Charlie quería que pusieran cuándo ella muriera, y así fue.

–Hola, Charlie. –sonrió Carter. –Bueno, es víspera de Navidad y no hay persona con la que desee estar en este día más qué tú. Pero tú ya no estás y eso me duele hasta el alma –hizo una pausa–, no sé qué es lo que haces allá arriba o si es obra del destino que tiene algo preparado para mí, pero siempre que quiero hacer algo estúpido llega él, llega Justin. Parece qué tú lo mandas cada que quiero meter la pata e irme contigo allá al cielo. Cada vez soy más débil, Charlie, cada vez me debilito más y no sé qué diablos hacer. No puedo ver la luz, no puedo salir de éste túnel negro sin ayuda, sin tú ayuda. Te necesito, Charlie, no te imaginas lo que es vivir sin ti, no te imaginas el miedo que tengo todos los días al saber que ya no te tengo. Hoy estaba en un parque y una pequeña que tiene tu mismo nombre se acercó a mí y me dio esto. –buscó en su bolsa la esfera y la sacó. – Dijo que si la agitaba cuándo me sintiera mal podría ver algo que me haga feliz. ¿Sabes, Charlie? Estoy sola, realmente sola. Mi madre se fue a Nueva York y tú me abandonaste hace siete meses, no tengo amigos, mis únicos amigos son los libros, la música y esto. –dirigió su mano a un bolsillo de sus jeans y sacó una navaja. –Hay veces dónde mis impulsos me ganan y me cortó más de lo necesario.

Carter apretó los ojos deteniendo las lágrimas que querían salir de sus ojos, sostuvo la navaja con la mano derecha y miró la lápida de su amiga.

–Sé que no te hará sentir orgullosa que haga esto frente a ti, pero quiero hacerlo.

Demasiado fea la primera demasiado sola la segunda demasiado insegura la tercera demasiado infeliz la cuarta demasiado gorda la quinta sin amor la sexta.

–Carter, ¿qué crees que estás haciendo? –preguntó una voz masculina en tono preocupado.
–Justin.  Yo, no –el castaño la interrumpió.
–No digas nada, solo dime por qué estas destruyendo esa lápida.

La castaña frunció el ceño, confundida y dirigió la vista a sus manos, estaban llenas de tierra, sus muñecas, limpias y sólo con cicatrices.

– ¿Pero qué dia…?
– Vamos, Cart, te llevo a tu casa.


Unas horas después, Carter estaba viéndose al espejo.

– Demasiado gorda–dijo tocando su estómago. –, demasiado grandes –tocó sus muslos. –, demasiado ancha –tocó su cintura. – ¿Por qué no puedo ser demasiado bonita también? – preguntó enojada y lanzó un zapato al espejo.

Comenzó a llorar y tomó su navaja. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces pasó su navaja en su muñeca. Fue al baño y limpió ese líquido rojo que estaba harta de ver cada que se sentía de esa forma, tomó unas vendas y se vendo la muñeca.

Era la noche en dónde todas las familias estarían juntas y felices, era lo noche más linda de todo el año, era la noche dónde todos tenían la oportunidad de limpiar su corazón, de ser felices y estar llenos de paz, amor y esperanza. Pero Carter no podía hacer todo eso, no tenía amigos, su madre no la quería, su padre y su mejor amiga estaban muertos. Estaba sola en la noche de Navidad.

La castaña bajó a su cocina y miró la puerta de ésta, la cual daba a la casa de en frente, iban llegando familiares de sus vecinos con regalos, sonriendo. Carter abrió la puertecilla y se dirigió a su jardín, se sentó y aspiró el aroma que salía de la casa de sus vecinos, el aroma consistía a canela, la cena que estaban haciendo y el aroma que irradiaba todo él amor que salía de todos los que estaban en esa casa. Carter volvió a soltarse a llorar.

 – ¿Por qué no puedo ser feliz? –preguntó mirando al cielo. –Nadie podría ser feliz conmigo. –Sonrió­ – No podría hacer feliz a nadie–suspiró–. Feliz Navidad, Charlie. Feliz Navidad, papá y mamá. Feliz Navidad, Justin.
– Feliz Navidad, Carter.

La chica de ojos azules se sobresaltó, pero luego reconoció esa voz, la voz que iluminaba sus días negros, la voz que la hacía sonreír.

– Justin ¿qué haces aquí?
– Bueno, alguien me dijo que estabas sola, así que ¿te gustaría pasar Navidad con la familia Bieber?
– ¿Qué?
– Estoy muy seguro de que me oíste. Ahora levántate y ven conmigo. – dijo en un tono burlón pero a la vez dulce el ojimiel.

Carter se puso en pie y fue con Justin, el cual le estaba extendiendo la mano y ella la aceptó sonriendo tímidamente.

–Gracias, Justin, por todo lo que has hecho por mí estos cuatro meses


Justin le sonrió en señal de respuesta y se dirigieron al coche del castaño. Carter sonrió, no iba a estar tan sola cómo ella creía. Su ángel la había rescatado, de nuevo. Pues estaba segura que Charlie y Justin eran sus ángeles, ella lo sabía.

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